viernes, 17 de abril de 2015

Una décima de segundo

Volaba en mis sueños, buscaba mi pasaporte y mentía para llegar pronto. Para siempre correr hacia el barco que zarpaba en un bucle infinito, puedo ver el barco estático pero por más que corra no lo alcanzo.



Es tan angustioso como es una maravilla, el barco espera por mí y a la vez se va. Con el nombre "vida" pintado en el casco en un tono verde oscuro, como mi color favorito.
Aprovecho una de esas noches cálidas, en las que con medio grado más comenzarías a sudar, pero tal y como está el tiempo sientes que no existe mejor temperatura, y con mi vestido de algodón me siento en el borde del puerto. Voy sintiendo la humedad del mar sucio bajo mis pies y miro las luces de los cruceros.



Me apoyo sobre mis manos y escucho la música en mi cabeza mientras me brillan los ojos y, sin esperarlo, sin buscarlo, los problemas se desvanecen con esa presencia.
Salgo de todo aquello que me daba miedo para dar paso a miedos nuevos, salgo de lo aprendido para aprender más, salgo de la felicidad para dejar sitio a una nueva, más y mejor.
Escribir ni siquiera hace justicia a la realidad, sin entender por qué y sin querer entenderlo, dejando paso a la magia que trae consigo la brisa fresca que recorre mi nuca esta noche despejada.



Y esa soy yo, mirando las estrellas, la sonrisa más bonita del mundo y el oliendo la piel más suave que existe.
Dejándome llevar, deslizándome por todo lo que sucede sobre mí y sintiéndome simplemente bien. sin querer, desear o necesitar más. Porque no existe nada mejor que ver mi barco, tener miedo y a la misma vez sentir seguridad.
Porque eso es lo mejor de la vida, a parte de los unicornios.







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